La iglesia se ha desentendido de manera culpable de las causas ecológicas y ambientales que se hallan incluidas en el llamado “mandato cultural” dado por Dios a la humanidad en el Génesis, ordenándole señorear sobre la naturaleza de un modo responsable, cultivándola y cuidándola puesto que este mundo material es bueno y hermoso en gran manera y no deja de serlo por causa del pecado humano. Las causas ecológicas y ambientales son lideradas, pues, por los no creyentes y los cristianos que se interesan en ellas se inquietan y retraen por las concepciones panteístas y animistas de corte pagano que parecen encontrarse detrás de las motivaciones de los ecologistas y ambientalistas no creyentes, en vez de unir esfuerzos con ellos en alianzas estratégicas y ver más bien esta circunstancia como una oportunidad para la evangelización. Sea como fuere, los cristianos deben bajarle el tono al alarmismo apocalíptico del movimiento ecológico y ambientalista actual alrededor del calentamiento global, pues a la postre no es el hombre sino Dios quien determina el “fin del mundo”, como lo anuncia el apóstol Pedro: “… el día del Señor vendrá como un ladrón. En aquel día los cielos desaparecerán con un estruendo espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será quemada. Ya que todo será destruido de esa manera, ¿no deberían vivir ustedes como Dios manda… esperando ansiosamente la venida del día de Dios? Ese día los cielos serán destruidos por el fuego, y los elementos se derretirán con el calor de las llamas” (2 Pedro 3:10-12)
Comprometida pero no alarmista
“La ecología cristiana debe ser comprometida pero no alarmista pues no es el hombre sino Dios quien determina el fin del mundo”
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